CoronApp y el mito de la tecnología

21 de mayo de 2020 

“Usa tapabocas, lávate las manos, descarga la aplicación CoronApp y quédate en casa”. Los colombianos llevamos semanas oyendo estas recomendaciones cuando hacemos una llamada telefónica. Y, en particular, llevamos semanas oyendo la invitación del gobierno a usar CoronApp, “la aplicación para salvar vidas”. Sin embargo, hoy en día esta narrativa parece haberse diluido, al igual que la promesa oficial de salvación tecnológica.

Como lo explica esta semana un reportaje del ‘Índice Coronavirus y Derechos Digitales’ (una alianza de la que hace parte Linterna Verde), más de dos meses después de que el gobierno empezara a mercadear masivamente CoronApp, quedan muchas dudas sobre su utilidad.

Este no es un debate local: en todo el mundo se viene discutiendo el verdadero alcance de estas aplicaciones. Pero en el caso colombiano, el proyecto CoronApp expuso la visión limitada y cosmética de un gobierno que exhibe la innovación y la tecnología como una de sus banderas.

La promesa

El 8 de marzo pasado, cuando había menos de cinco casos de coronavirus en Colombia y aún no entrábamos en cuarentena, el presidente Iván Duque invitó a la gente a descargar CoronApp. La aplicación se basaba en un desarrollo anterior del Instituto Nacional de Salud (INS) y fue adaptada para esta crisis.

Sin prestarle demasiada atención a las preocupaciones iniciales de la sociedad civil, el entusiasmo del gobierno con CoronApp crecía a la par con la pandemia. A finales de marzo, el consejero presidencial Víctor Muñoz apareció en uno de los programas del presidente para pedirle a la gente que, además de descargar la aplicación, activara el Bluetooth para compartir su ubicación:

“De esta manera, cuando llega la ‘data’ al Instituto Nacional de Salud, se detecta una persona contagiada, se pueda a través de información georeferenciada generar protocolos de control y de seguimiento en los diferentes movimientos que ha realizado la persona”, afirmó Muñoz.

Al día de hoy no sabemos si las funciones a las que se refería Muñoz se están usando activamente para enfrentar la pandemia. Lo cierto es que para entonces el gobierno apenas las estaba desarrollando. Es decir, desde la Casa de Nariño nos estaba vendiendo un producto que no habían terminado de inventar.

Pero volvamos al recuento. Para mediados de abril la Presidencia estaba volcada del todo en el mercadeo de la aplicación: con CoronApp “puedes descubrir si alguien cerca de ti está presentando síntomas del covid-19”, tuiteó @infopresidencia; si todos la descargan –escribió la hoy ministra TIC Karen Abudinen– “podremos focalizar los puntos de contagio y controlar la propagación del virus”; “es una aplicación que busca salvar vidas”, dijo la hoy exministra Sylvia Constaín.

De la euforia al silencio

Un monitoreo en Twitter llevado a cabo por Linterna Verde muestra que entre marzo y mayo las cuentas institucionales y personales del gobierno movieron la etiqueta #PorTuVidaPorMiVida para enmarcar la narrativa: CoronApp tenía la llave contra la pandemia. Un artículo de la Agencia Nacional Digital de 4 de mayo ilustra este discurso del gobierno: “lo más importantes es que esta aplicación nos permite cumplir con lo esencial: salvar vidas y encontrar lo invisible”.

La invitación del gobierno a usar CoronApp, sin embargo, se desplomó en las últimas semanas. Tanto el presidente Duque como el consejero Muñoz no la mencionan en Twitter desde el 29 de abril. El tema tampoco ha merecido un tuit de la ministra Abudinen desde que asumió su cargo. Desconocemos la razón, pero el final de todo ese bombo coincide con los cuestionamientos técnicos y las críticas a la aplicación (de nuevo, los invito a que lean el reportaje del Índice Coronavirus).

 

 

Nota: Cantidad de tuits en español con las palabras ‘coronapp’ o ‘coron app’, con filtros para enfocarse en contenido en español y que excluya tuits de Chile. Fuente: monitoreo de Linterna Verde.

La narrativa determinista

Más allá del repentino silencio de esas voces, algunas instituciones siguen promoviendo la descarga de CoronApp con el mismo mensaje. A esto se suman los anuncios telefónicos, las ofertas de los operadores, el subsidio de datos e, incluso, las actualizaciones automáticas de los celulares. En medio de ese bombardeo de mensajes y la preocupación de la gente, ¿cómo no usar CoronApp?

En el derecho comercial se protege al comerciante que a la hora de vender exagera o deforma un poco la verdad sobre su producto, siempre y cuando no caiga en publicidad engañosa (“¡Redbull te da alas!”, por ejemplo). Es lo que se conoce como el ‘dolus bonus’. En este caso, el gobierno fue más allá de eso: quiso instalar la idea de que el uso imprevisto de una tecnología podía resolver problemas muy complejos que dependen de muchas variables.

¿Cuántas personas descargaron CoronApp con la expectativa de que serían contactados por un médico después de reportar sus síntomas? ¿Cuántas activaron el Bluetooth confiadas de que recibirían una alerta en su celular por haberse cruzado en la calle con un contagiado?

Como explica Steven Taylor en Psicología de pandemias, en un contexto excepcional como el que vivimos la información oficial debe ser creíble y propender por que la audiencia sienta que puede responder a la situación por medio de acciones concretas y fáciles de implementar. Ofrecerles soluciones automáticas a la gente –que no se entienden o que no tienen un impacto real– minan la confianza y alimentan la desesperanza.

En este episodio el gobierno de Iván Duque exhibió una idea determinista de la tecnología, que se basa en el supuesto de que ésta “tiene una lógica funcional autónoma que puede explicarse sin referencia a la sociedad”, como explica el filósofo Andrew Feenberg. Bajo esa visión, que suele estar incentivada por agendas políticas y comerciales, las soluciones se implementan sin siquiera tener del todo claras las preguntas.

Tal vez el gobierno encuentre finalmente un uso útil para CoronApp que se acerque a expectativas más realistas. No obstante, la narrativa que articuló para ofrecérsela a la gente fue equivocada. Y quedó aún más en evidencia con la humareda en que está envuelto este proyecto.

*Carlos Cortés 

 

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